En la ficción infantil hay una tendencia (injustificada en la vida real, dicho sea de paso) vinculada a presentar a los osos como seres amistosos.
Casi como animales salvajes que podríamos tener en casa, pero que mejor no.
Para muestra Balloo o Winnie The Pooh.
Por suerte y gracias a los documentales de la 2 (no he visto un oso en mi vida, hulio), sabemos que no es así.

O no.

Casey Hathaway, un niño estadounidense de tres años, se perdió en el bosque.
Estaba en el patio trasero de la casa de sus abuelos y de repente desapareció.
El pobre crío (recordamos, de tres años) estuvo 55 horas en el bosque.

Para buscarlo, se desplegó todo un dispositivo: helicópteros, buzos, drones, perros de búsqueda.
Toda ayuda era poca porque, recordamos, estamos en febrero.
Y el niño estaba soportando lluvias y temperaturas bajo cero.

Al final la cuestión se resolvió relativamente rápido y por cuestiones del azar: una vecina escuchó llanto en un arbusto.
Y como los arbustos no lloran y la noticia de la desaparición había causado revuelo, la vecina supo pronto que era el niño.

La policía le recogió, Casey pidió agua y ver a su madre (apenas tenía algunos rasguños) y dijo, según The Guardian, que había sobrevivido gracias a un “oso amigo”.
El testimonio lo reforzó su tía con una publicación en Facebook: “Casey está sano, sonriendo y hablando.
Dijo que estuvo con un oso durante dos días.
Dios le envió un amigo para mantenerlo a salvo”.

No se descarta que toda la historia sea producto de su imaginación.
En cuyo caso, la única reflexión posible (además de la crítica al cuidado paterno, berenjenal en el que no me voy a meter) es la adaptación del dilema: Si un árbol cae en un bosque, pero nadie lo oye, ¿ha hecho ruido? Es decir, si a un niño le salva la vida un oso, pero nadie lo ve, ¿le ha salvado la vida?

Fuente: Noddus Trends >> lea el artículo original